lunes, 17 de junio de 2013
domingo, 16 de junio de 2013
viernes, 14 de junio de 2013
La humillación de los Northmore
Cuando murió lord Northmore, las alusiones públicas al suceso adoptaron, en su su mayor parte, una forma un tanto plúmbea y de compromiso. Había desaparecido una gran figura política. Se había apagado una luminaria de nuestro tiempo en mitad de su carrera. Se había anticipado el fin de una gran utilidad, que en buena parte quedaba, de todos modos, insignemente ejercida. La nota de grandeza, en toda la línea, sonaba, en suma, con fuerza propia, y la del fallecido evidentemente se prestaba muy bien a figuras y florituras, la poesía de la prensa diaria. Los periódicos y sus compradores cumplieron con lo que el caso pedía: lo compusieron con pulcritud y magnificencia, aunque quizá con mano un poco violentamente expeditiva, sobre el coche fúnebre, acompañaron debidamente al vehículo por la avenida y luego, viendo que de repente el tema se había agotado, pasaron a lo siguiente de la lista. Su señoría había sido una de esas personas de las que -ahí estaba la cosa- no hay casi nada que contar aparte de la flamante monotonía de su éxito. Ese éxito había sido su profesión, sus medios lo mismo que su fin; de modo que su carrera no admitía otra descripción y no exigía, ni de hecho toleraba, otro análisis. De la política, de la literatura, de la tierra, de unos modales zafios y muchos errores, de una mujer flaca y tonta, dos hijos manirrotos y cuatro hijas sosas, de todo había sacado el máximo provecho, como podría haberlo sacado prácticamente de lo que fuera. Algo había habido en lo más profundo de su ser que lo conseguía, y su viejo amigo Warren Hope, la persona que le conoció primero, y es probable que en conjunto mejor, no alcanzó nunca, en todo aquel tiempo, a averiguar por curiosidad qué. Era un secreto que, a decir verdad, este competidor claramente rezagado no había desvelado ni para su satisfacción intelectual ni para su uso imitativo; y había como un tributo a eso en su memoria de decir, la víspera de las honras fúnebres, dirigiéndose a su mujer y tras silenciosa reflexión: «Tengo que acompañarle, qué caramba. Tengo que ir al entierro.»
En un primer momento la señora Hope se limitó a mirar a su marido con muda preocupación. «No tengo paciencia contigo. Estás tú mucho más enfermo de lo que él haya estado nunca.»
-¡Bueno, pero mientras eso no signifique más que ir a los entierros de los demás...!
-Significa que me destrozas con esa caballerosidad exagerada, con ese negarte siempre a pensar en tu propio interés. Se lo has estado sacrificando desde hace treinta años, una y otra vez, y yo creo que de este último sacrificio -que puede ser el de tu vida-, estando como estás, se te podría absolver.
-En efecto, perdió la paciencia.- ¿Ir al entierro... , con el tiempo que hace..., después de cómo se portó contigo?
-Cariño, lo de cómo se portó conmigo -repuso Hope- es un invento de tu ingeniosa mente..., de tu lealtad demasiado apasionada, de tu hermosa lealtad. Lealtad a mí, quiero decir.
-¡Por supuesto que la lealtad a él -declaró ella- te la dejo a ti!
-Lo cierto es que era mi amigo más antiguo, el primero. Tampoco estoy tan mal... salgo; y quiero portarme como es debido. El hecho es que no rompimos nunca... siempre estuvimos unidos.
-¡Y tanto! -rió ella en medio de su amargura-. ¡Bien se cuidó él de eso! Jamás reconoció tus méritos, pero jamás te dejó escapar. Tú le tenías aupado y él te tenía pisado a ti. Te sacó el jugo hasta la última gota, y luego fuiste el único que se quedó preguntándose, con tu increíble idealismo y tu incorregible modestia, cómo se las había arreglado un tonto así para subir. Subió porque tú le llevabas a cuestas. Tú, ingenuo, se lo preguntas a los demás: «¿En qué consistía su don?» Y los demás son tan imbéciles que tampoco tienen la menor idea. ¡Tú eras su don!
-¡Y tú eres el mío, querida! -exclamó su marido estrechándola contra sí, más alegre y resignadamente. Al día siguiente acudió en un «especial» a la inhumación, que tuvo lugar en la propia hacienda del gran hombre y en la propia iglesia del gran hombre. Pero acudió solo -es decir, acompañado por una asamblea numerosa y distinguida, la flor de la demostración gregaria unánime; su esposa no quiso ir con él, aunque le preocupaba que viajase. Pasó las horas intranquila, atenta al estado del tiempo y temiendo al frío; deambulaba de cuarto en cuarto, deteniéndose distraídamente junto a las plomizas ventanas, y antes de que él volviera había pensado en muchas cosas. Era como si, mientras él veía cómo sepultaban al gran hombre, ella también, a solas, en el hogar reducido de sus últimos años, se viera ante una fosa abierta. En ella depositó con sus débiles manos el penoso pasado y todos los sueños comunes muertos y las cenizas acumuladas de los dos. La pompa que rodeaba a la extinción de lord Northmore le hacía sentir más que nunca que no había sido Warren el que sacara provecho de nada. Había sido siempre lo que seguía siendo, el hombre más inteligente y más trabajador que conocía; pero, a sus cincuenta y siete años, ¿qué había «sacado», como decía el vulgo, fuera del talento malgastado, la salud arruinada y la pensión mezquina? Lo que ponía estas cosas ante los ojos era el término de comparación que le bindaba fácilmente el esplendor, ahora escorzado, del dichoso rival de su marido. Como dichosos rivales de su propia y monótona unión había visto siempre a los Northmore; por lo menos los dos hombres habían empezado juntos, al salir de la universidad, hombro con hombro y -hablando en términos superficiales- con un bagaje muy parecido de preparación, ambición y oportunidad. Habían empezado en el mismo punto y queriendo las mismas cosas -pero queriéndolas de maneras muy distintas. Bien, pues el muerto las había querido de la manera en que se conseguían; pero había conseguido además, con el título de nobleza por ejemplo, las que Warren no quiso nunca: no había más que decir. No había más y, sin embargo, en la sombría, la extrañamente aprensiva soledad de aquellas horas, dijo ella mucho más de lo que yo puedo contar. Todo venía a parar en esto: que de algún modo y en alguna parte había habido una injusticia. Warren era el que debía haber triunfado. Pero ahora era ella la única persona que lo sabía, porque la otra se había ido con su conocimiento a la tumba.
En un primer momento la señora Hope se limitó a mirar a su marido con muda preocupación. «No tengo paciencia contigo. Estás tú mucho más enfermo de lo que él haya estado nunca.»
-¡Bueno, pero mientras eso no signifique más que ir a los entierros de los demás...!
-Significa que me destrozas con esa caballerosidad exagerada, con ese negarte siempre a pensar en tu propio interés. Se lo has estado sacrificando desde hace treinta años, una y otra vez, y yo creo que de este último sacrificio -que puede ser el de tu vida-, estando como estás, se te podría absolver.
-En efecto, perdió la paciencia.- ¿Ir al entierro... , con el tiempo que hace..., después de cómo se portó contigo?
-Cariño, lo de cómo se portó conmigo -repuso Hope- es un invento de tu ingeniosa mente..., de tu lealtad demasiado apasionada, de tu hermosa lealtad. Lealtad a mí, quiero decir.
-¡Por supuesto que la lealtad a él -declaró ella- te la dejo a ti!
-Lo cierto es que era mi amigo más antiguo, el primero. Tampoco estoy tan mal... salgo; y quiero portarme como es debido. El hecho es que no rompimos nunca... siempre estuvimos unidos.
-¡Y tanto! -rió ella en medio de su amargura-. ¡Bien se cuidó él de eso! Jamás reconoció tus méritos, pero jamás te dejó escapar. Tú le tenías aupado y él te tenía pisado a ti. Te sacó el jugo hasta la última gota, y luego fuiste el único que se quedó preguntándose, con tu increíble idealismo y tu incorregible modestia, cómo se las había arreglado un tonto así para subir. Subió porque tú le llevabas a cuestas. Tú, ingenuo, se lo preguntas a los demás: «¿En qué consistía su don?» Y los demás son tan imbéciles que tampoco tienen la menor idea. ¡Tú eras su don!
-¡Y tú eres el mío, querida! -exclamó su marido estrechándola contra sí, más alegre y resignadamente. Al día siguiente acudió en un «especial» a la inhumación, que tuvo lugar en la propia hacienda del gran hombre y en la propia iglesia del gran hombre. Pero acudió solo -es decir, acompañado por una asamblea numerosa y distinguida, la flor de la demostración gregaria unánime; su esposa no quiso ir con él, aunque le preocupaba que viajase. Pasó las horas intranquila, atenta al estado del tiempo y temiendo al frío; deambulaba de cuarto en cuarto, deteniéndose distraídamente junto a las plomizas ventanas, y antes de que él volviera había pensado en muchas cosas. Era como si, mientras él veía cómo sepultaban al gran hombre, ella también, a solas, en el hogar reducido de sus últimos años, se viera ante una fosa abierta. En ella depositó con sus débiles manos el penoso pasado y todos los sueños comunes muertos y las cenizas acumuladas de los dos. La pompa que rodeaba a la extinción de lord Northmore le hacía sentir más que nunca que no había sido Warren el que sacara provecho de nada. Había sido siempre lo que seguía siendo, el hombre más inteligente y más trabajador que conocía; pero, a sus cincuenta y siete años, ¿qué había «sacado», como decía el vulgo, fuera del talento malgastado, la salud arruinada y la pensión mezquina? Lo que ponía estas cosas ante los ojos era el término de comparación que le bindaba fácilmente el esplendor, ahora escorzado, del dichoso rival de su marido. Como dichosos rivales de su propia y monótona unión había visto siempre a los Northmore; por lo menos los dos hombres habían empezado juntos, al salir de la universidad, hombro con hombro y -hablando en términos superficiales- con un bagaje muy parecido de preparación, ambición y oportunidad. Habían empezado en el mismo punto y queriendo las mismas cosas -pero queriéndolas de maneras muy distintas. Bien, pues el muerto las había querido de la manera en que se conseguían; pero había conseguido además, con el título de nobleza por ejemplo, las que Warren no quiso nunca: no había más que decir. No había más y, sin embargo, en la sombría, la extrañamente aprensiva soledad de aquellas horas, dijo ella mucho más de lo que yo puedo contar. Todo venía a parar en esto: que de algún modo y en alguna parte había habido una injusticia. Warren era el que debía haber triunfado. Pero ahora era ella la única persona que lo sabía, porque la otra se había ido con su conocimiento a la tumba.
La humillación de los Northmore
The Abasement of the Northmores, Henry James, 1900
lunes, 10 de junio de 2013
sábado, 8 de junio de 2013
miércoles, 5 de junio de 2013
Ordeñe
Doña Encarnación adivinaba cuando me venían las ganas. Las ganas son como una impaciencia. Como una vibración en las rodillas. Se me endurecían los muslos.
Cuando uno es toro, la leche empuja para abajo, para el lado donde nacen las piernas, y late, la leche, como un corazón, abajo, arriba de la verga.
Yo, en el campo, me sobaba ese triángulo de pelo, arriba de la verga. Y me tocaba la verga. Todavía era la de un semental.
Había razón. Yo y Juan Lavalle mamamos de la teta de Doña Agustina Osornio, mi señora madre, la del bello culo. Hombre guapo, Juan Lavalle. Se alistó, pendejo, en los granaderos del general San Martín. Y peleó como el mejor. Se largaba, solo con su caballo, al encuentro de los soldados del rey de España, y los mataba con su sable y la exaltación de un fraile santo. Hasta que lo mataron a él, los montoneros, en un infame pueblo del Norte. Dicen que lo entregó una mujer: pobre Juan Lavalle, tan buen mozo, morir vendido por una mujer.
Era corta la verga de Juan Lavalle. Y la mía era la de un semental. En el campo, a caballo, nos abríamos la bragueta, y las medíamos sobre la montura de los caballos. La mía era, por lo menos, el doble de la de él. Y cuando las medíamos, él se volvía como loco. Por eso se fue con los Granaderos del general San Martín. Para mostrar que su coraje superaba, lejos, el de cualquier soldado de su tiempo, español o criollo. Juan Lavalle: tanto coraje al pedo.
Yo miraba el cielo, en mis campos, y el techo de mi despacho, en los cuarteles de Palermo, y me sobaba duro. Piel, pelo, huesos, carne, verga.
Hay que quitarse esa leche, cuando uno es toro, antes de que cuaje. Porque la cabeza del hombre, con esa leche depositada, allí, abajo, se enturbia. Ordeñar. Y rápido. Como a las vacas. Un hombre, si es hombre, es toro y vaca.
Yo, en mi despacho de Palermo, pensaba 18 horas por día. Escribía. Escribir es pensar. Pensaba 100 leguas por delante de cualquiera que pensara en los intereses del Estado. Eran pocos los que pensaban en los intereses del Estado. Son pocos. Yo soy uno de los pocos. El primero. El mejor.
Los otros, los otros eran criollos de coraje. Como Juan Lavalle. Como Gregorio Aráoz de Lamadrid. Esos dos no supieron, nunca, qué era pensar. Cantores de vidalas, sí.
El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo. El sexo distrae. Lo usaba, claro. Porque la verga se me paraba. Y eso era algo que yo no podía impedir. Ni aún hoy, yo, un hombre fuerte, puedo impedirlo.
Doña Encarnación era buena para el ordeñe.
Vení, murmuraba ella donde fuera que estuviésemos. Cuando terminaba, yo, aliviado, agradecido, le decía que ella, Doña Encarnación, conocía todos los secretos del ordeñe. Ella reía, satisfecha, y me preguntaba si era eso lo que me parecía, y yo le contestaba que sí, que su habilidad me paralizaba, y que su habilidad iba mucho más lejos que la de las mestizas y las negras. Y ni hablar de las indias.
A Doña Encarnación se le arrugaba la piel de la frente cuando yo bajaba esa balanza, pero yo le sonreía, y me cuadraba frente a ella como un cadete rápido y ágil y obediente. A Doña Encarnación se le oscurecían los ojos. Y algo retrocedía dentro de ella. Fríos los ojos de Doña Encarnación.
Doña Encarnación era cruel a la hora del juego amoroso. Y a cualquier hora. Pero yo aguantaba el trabajo de sus manos y de su boca. Me daban algo cuando trabajaban mi cuerpo, que no sé nombrar. Tampoco podía Doña Encarnación. Ella decía: Usté, Don Juan Manuel, patalea y gruñe como un chancho cuando siente el filo del cuchillo en el cogote.
No decía, Doña Encamación, nada que yo no le hubiera escuchado antes. Doña Encarnación gustaba decir cosas como ésa. Muy de campo, Doña Encarnación. Muy de encendérsele los ojos, a Doña Encarnación, cuando le daba en el lomo, con el rebenque, a una negrita traviesa. Muy patrona de estancia. Doña Encarnación.
El farmer, Andrés Rivera
Cuando uno es toro, la leche empuja para abajo, para el lado donde nacen las piernas, y late, la leche, como un corazón, abajo, arriba de la verga.
Yo, en el campo, me sobaba ese triángulo de pelo, arriba de la verga. Y me tocaba la verga. Todavía era la de un semental.
Había razón. Yo y Juan Lavalle mamamos de la teta de Doña Agustina Osornio, mi señora madre, la del bello culo. Hombre guapo, Juan Lavalle. Se alistó, pendejo, en los granaderos del general San Martín. Y peleó como el mejor. Se largaba, solo con su caballo, al encuentro de los soldados del rey de España, y los mataba con su sable y la exaltación de un fraile santo. Hasta que lo mataron a él, los montoneros, en un infame pueblo del Norte. Dicen que lo entregó una mujer: pobre Juan Lavalle, tan buen mozo, morir vendido por una mujer.
Era corta la verga de Juan Lavalle. Y la mía era la de un semental. En el campo, a caballo, nos abríamos la bragueta, y las medíamos sobre la montura de los caballos. La mía era, por lo menos, el doble de la de él. Y cuando las medíamos, él se volvía como loco. Por eso se fue con los Granaderos del general San Martín. Para mostrar que su coraje superaba, lejos, el de cualquier soldado de su tiempo, español o criollo. Juan Lavalle: tanto coraje al pedo.
Yo miraba el cielo, en mis campos, y el techo de mi despacho, en los cuarteles de Palermo, y me sobaba duro. Piel, pelo, huesos, carne, verga.
Hay que quitarse esa leche, cuando uno es toro, antes de que cuaje. Porque la cabeza del hombre, con esa leche depositada, allí, abajo, se enturbia. Ordeñar. Y rápido. Como a las vacas. Un hombre, si es hombre, es toro y vaca.
Yo, en mi despacho de Palermo, pensaba 18 horas por día. Escribía. Escribir es pensar. Pensaba 100 leguas por delante de cualquiera que pensara en los intereses del Estado. Eran pocos los que pensaban en los intereses del Estado. Son pocos. Yo soy uno de los pocos. El primero. El mejor.
Los otros, los otros eran criollos de coraje. Como Juan Lavalle. Como Gregorio Aráoz de Lamadrid. Esos dos no supieron, nunca, qué era pensar. Cantores de vidalas, sí.
El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo. El sexo distrae. Lo usaba, claro. Porque la verga se me paraba. Y eso era algo que yo no podía impedir. Ni aún hoy, yo, un hombre fuerte, puedo impedirlo.
Doña Encarnación era buena para el ordeñe.
Vení, murmuraba ella donde fuera que estuviésemos. Cuando terminaba, yo, aliviado, agradecido, le decía que ella, Doña Encarnación, conocía todos los secretos del ordeñe. Ella reía, satisfecha, y me preguntaba si era eso lo que me parecía, y yo le contestaba que sí, que su habilidad me paralizaba, y que su habilidad iba mucho más lejos que la de las mestizas y las negras. Y ni hablar de las indias.
A Doña Encarnación se le arrugaba la piel de la frente cuando yo bajaba esa balanza, pero yo le sonreía, y me cuadraba frente a ella como un cadete rápido y ágil y obediente. A Doña Encarnación se le oscurecían los ojos. Y algo retrocedía dentro de ella. Fríos los ojos de Doña Encarnación.
Doña Encarnación era cruel a la hora del juego amoroso. Y a cualquier hora. Pero yo aguantaba el trabajo de sus manos y de su boca. Me daban algo cuando trabajaban mi cuerpo, que no sé nombrar. Tampoco podía Doña Encarnación. Ella decía: Usté, Don Juan Manuel, patalea y gruñe como un chancho cuando siente el filo del cuchillo en el cogote.
No decía, Doña Encamación, nada que yo no le hubiera escuchado antes. Doña Encarnación gustaba decir cosas como ésa. Muy de campo, Doña Encarnación. Muy de encendérsele los ojos, a Doña Encarnación, cuando le daba en el lomo, con el rebenque, a una negrita traviesa. Muy patrona de estancia. Doña Encarnación.
El farmer, Andrés Rivera
lunes, 3 de junio de 2013
sábado, 1 de junio de 2013
sábado, 25 de mayo de 2013
Cat Power volvió a brillar en Buenos Aires
La felina Chan Marshall se presentó por cuarta vez en Buenos Aires. Como en su última visita, lo hizo en el Teatro Coliseo, pero en esta ocasión con un look renovado y nueva banda, aunque manteniendo el intimismo de siempre, aquel que le vimos en 2001 cuando deslumbró sola en el Margarita Xirgu.
Mirá los videos que grabamos en su visita de 2010 en el Coliseo y en 2009 en el Gran Rex.
Mirá los videos que grabamos en su visita de 2010 en el Coliseo y en 2009 en el Gran Rex.
viernes, 24 de mayo de 2013
No lo hagas NUNCA aquí
Todo lo que usted quería saber sobre baños públicos y nunca se atrevió a preguntar, en www.excusados.blogspot.com, que está celebrando dos años de olisquear por ahí.
jueves, 16 de mayo de 2013
El caballero que cayó al mar
Cuando Henry Preston Standish cayó de cabeza al océano Pacífico, el sol empezaba a trepar por el horizonte oriental. El mar estaba calmo como una laguna; el clima tan templado y la brisa tan suave, que era imposible no sentirse gloriosamente triste.
En esa parte del Pacífico, el amanecer se realizaba sin fanfarria: el sol simplemente colocaba su bóveda naranja en el borde lejano del gran círculo y se impulsaba hacia arriba, lento pero persistente, dándoles a las débiles estrellas tiempo de sobra para difuminarse con la noche. De hecho, Standish estaba pensando en la enorme diferencia entre la salida y la puesta del sol cuando dio el desafortunado paso que lo mandó al agua salada. Pensaba que la naturaleza prodigaba toda su generosidad a los magníficos atardeceres, pintando las nubes con haces de colores tan brillantes que nadie con un mínimo sentido de belleza sería capaz de olvidar. Y pensaba que por algún motivo incomprensible la naturaleza era extraordinariamente tacaña con sus amaneceres sobre aquel mismo océano.
El buque de vapor Arabella avanzaba, puntual, desde Honolulu hacia la zona del Canal; en ocho días con sus noches llegaría a Balboa. Pocos barcos hacían el trayecto entre Hawai y Panamá; ese único barco de pasajeros y algún que otro carguero de servicio irregular. Las naves extranjeras rara vez tenían motivo para pasar por allí, ya que Estados Unidos controlaba la mayor parte del comercio con las islas y casi todo el tráfico se dirigía a San Pedro, San Francisco y Seattle. En los trece días con sus noches que el Arabella había pasado en alta mar se había avistado un solo barco, en dirección opuesta, hacia Hawai. Standish no lo había visto. Estaba en su camarote leyendo una revista; pero el jefe de cubierta, el señor Prisk, se lo contó más tarde. Era un carguero con algún tipo de nombre escandinavo que olvidó de inmediato.
Hasta el momento el viaje había sido tan afablemente plácido que Standish no se cansaba de agradecerle a su estrella de la suerte por haber decidido viajar en el Arabella.
En una vida abrumada por cuidados y deberes, como correspondía a alguien de su posición, aquel viaje siempre se destacaría como algo simple y bueno. Si nunca volviera a experimentar tranquilidad no se preocuparía, porque ahora sabía que existía tal cosa. Su estrella era la Estrella Polar, baja en el cielo en aquella latitud, y la había elegido de entre todas las demás porque no sabía mucho de estrellas y esa era la más fácil de localizar y recordar.
En realidad, el Arabella era un carguero con unas pocas plazas para pasajeros. Había ocho pasajeros a bordo además de Standish. Estaba la productiva señora Benson, que le había obsequiado a su marido cuatro niños en pocomás de cuatro años y medio. El propio señor Benson no estaba presente, pero sí lo estaban cuatro de sus imágenes, tres niñas y un niño cuyas edades iban de casi cero a tres años y ocho meses. Y el señor Benson era casi como si estuviera, con todo lo que la señora Benson le contaba sobre él. El señor Benson trabajaba para un banco como auditor itinerante; por algún motivo habían quedado separados y ahora la señora Benson iba a reunirse con él en Panamá.
De los tres pasajeros restantes dos eran misioneros, unos tales señor y señora Brown, que parecían levantar una barrera cada vez que Standish se les acercaba, como sugiriendo que sabían tanto más sobre Dios que no tenía sentido tratar de hacerse amigos. El último de sus compañeros era un granjero norteño de setenta y tres años llamado Nat Adams, que no tenía una explicación sensata para estar donde estaba. Después de toda una vida de honesta labor, dos cosas trascendentales le habían sucedido al mismo tiempo: una buena cosecha de papas y un fuerte ataque de ansias de viajar. Había dejado el arado y comprado los pasajes al azar; ahora, a bordo del Arabella, era el amigo leal de Standish, incansable al exponer las virtudes de sus dientes postizos, que se sacaba de la boca y exhibía con orgullo ante la menor provocación.
Los propietarios del Arabella no ganaban dinero con el viaje; se comentaba que el servicio entre Panamá y Hawai sería interrumpido el año entrante. La carga era escasa en aquella travesía, y el buque viajaba parcialmente en lastre. El señor Prisk estaba francamente preocupado, porque él envejecía y sus dos hijos, allá en Baltimore, crecían. Hacía tres años que no veía a sus hijos ni a su esposa, pero la empresa le enviaba a la señora Prisk, automáticamente, el ochenta por ciento de su sueldo como primer oficial de cubierta, y a él solo le quedaba lo justo como para tabaco e impermeables. El capitán Bell no les prestaba atención a sus pasajeros. Cenaba con ellos la primera noche en alta mar. Luego se retiraba a su camarote y pasaba en reclusión los días subsiguientes. El señor Prisk decía que el patrón era fanático de los barcos a escala y durante los últimos tres viajes había estado reproduciendo una goleta de cuatro mástiles en miniatura. El segundo y el tercer oficial de cubierta, así como los ingenieros y radiotelegrafistas, eran todos tipos sociables que llevaban adelante, a toda máquina, una clase particular de torneo de bridge; el que dejaba la guardia retomaba la mano del que debía suplantarlo. Eran amables con los pasajeros y el señor Travis, jefe de máquinas le mostraba a quien lo solicitara las profundidades de la sala de máquinas; pero el bridge siempre estaba primero. El señor Prisk, que había llegado a jefe de cubierta por medio del antiguo expediente de comenzar como marinero común para luego ir subiendo de rango, no sabía jugar al bridge, salvo por el innombrable “bridge de subasta”. Se veía así obligado, a fuerza de soledad, a mezclarse con los pasajeros de vez en cuando. Standish la pasó bien desde el primer momento. Sin resultar demasiado misterioso, se las arregló para restringir al mínimo las averiguaciones sobre su propia vida, entrometiéndose con ingenio en la vida de los demás. No era nada difícil; todos (excepto los misioneros) estaban más que dispuestos a desahogarse. Standish observó que tenía un urgente afán por descubrir tanto como pudiera sobre aquella gente; por primera vez en su vida estaba de verdad interesado en seres humanos desconocidos. Pasaba horas contemplando la cara marchita de Nat Adams, o examinando los ojos azules y satisfechos de la señora Benson. Y los niños Benson eran una ilimitada fuente de deleite. Standish reconocía que le proporcionaban más placer los pequeños Jimmy y Gladys Benson que el que jamás le habían proporcionado sus propios hijos allá en Nueva York, aunque bien sabía Dios que los amaba tanto como cualquier padre. Con Jimmy y Gladys no jugaba; solo los observaba desde su cómoda reposera mientras ellos hacían todo tipo de locuras. Sus cómicas risas, sus cuerpos saludables y esa piel tan bellamente bronceada lo llenaban de una agradable forma de melancolía. El viaje en su totalidad era realmente espléndido. Después del primer día de navegación, en que el mar estuvo un poquito agitado, el agua se puso tan increíblemente tersa que era como navegar por un océano de cristal. El clima era perfecto; era esa la única palabra que Standish podía pensar para describirlo. De hecho, los superlativos más comunes le bastaban a Standish para describir mentalmente el viaje. Había cosas que no podían ponerse en palabras, como los colores del atardecer, el suave oleaje del mar y la galaxia de estrellas en los cielos por la noche.
En cuanto al resto: el camarote que le habían asignado, la comida, el aire, la litera no muy blanda con sus sábanas limpias y sus mantas fragantes, todo le parecía maravilloso, magnífico y fantástico. Comía mucho y hacía ejercicio en la piscina de lona que habían instalado en la cubierta, y por las noches simplemente se sentaba a fumar sus cigarrillos y escuchar a Nat Adams, que intentaba explicar cómo las ansias de ver mundo habían asaltado de un momento a otro a un frugal granjero de Nueva Inglaterra.
Todas las noches se acostaba muy temprano, y eso explica por qué estaba donde estaba cuando cayó al océano. Habiéndolo despertado, a las cuatro de la madrugada, el tintineo de ocho campanillas en el lejano puente delantero, Standish permaneció veinte minutos entre las sábanas limpias, sintiéndose voluptuosamente despierto. Se había acostado a las nueve en punto de la noche y, dado que eran las cuatro y veinte, supo que no podría volver a dormirse. La portilla sobre su litera estaba abierta de par en par. Se incorporó y apoyó el mentón sobre el bronce frío. Era una sensación extraña; deliciosos escalofríos le corrieron por la columna vertebral. Por último asomó la cabeza y dejó que el aire marino le pegara en la cara. Un poco más abajo el barco, abriéndose paso en el mar, hacía un sonido constante y quejoso. Las estrellas, rodeándolo, lo llenaron de admiración. Todo era tan magnífico que Standish se sintió como un niño.
Volvió a meter la cabeza y decidió levantarse y vestirse. Se había afeitado por la noche, y el baño podía esperar hasta después del desayuno, antes de ir a nadar. Simplemente se vestiría y saldría a dar una vuelta y vería la salida del sol. Incluso en aquel barco informal Standish se vestía con decoro. Por alguna razón, no se veía usando pantalones flojos o estrafalarias prendas deportivas. Durante todo el viaje se había puesto trajes clásicos. Tenía cinco en total, y después de encender la luz eléctrica sacó uno gris del amplio baúl ropero que estaba abierto, de pie, en un rincón. Pero primero se sacó el pijama y, con la piel desnuda, se lavó los dientes, las manos y la cara en el lavabo de su habitación. A continuación se peinó el cabello oscuro, opaco, lacio y obediente. Una vez vestido, extrajo con cuidado el dinero, las llaves y la billetera con sus papeles del traje marrón que había usado el día anterior y los introdujo en los correspondientes bolsillos del gris. Ya en el pasillo, tuvo esa sensación que tenía con frecuencia a bordo del Arabella: la de ser un niño travieso a punto de hacer alguna diablura. La situación era tan serena que el zumbido de la sala de máquinas le volvió a dar escalofríos. Caminó en puntas de pie, como si las pisadas de sus zapatos sobre las placas de acero pudieran ser un sacrilegio. El mundo entero permanecía tan silencioso que Standish se desconcertó. El barco solitario abriéndose camino a través del ancho mar, la miríada de estrellas desvaneciéndose en el amplio firmamento… eran cosas elementales que lo calmaban y al mismo tiempo lo inquietaban. Como si por primera vez se diera cuenta de que todos los molestos problemas de su vida eran irrelevantes e intrascendentes; y aun así se avergonzaba de haberlos tenido en el mismo mundo que ahora creaba una situación como esa.
Standish llegó hasta el comedor desierto y se sirvió una taza de café negro; la cafetera quedaba encendida durante toda la noche. Lo tomó sin azúcar, dejando que el líquido amargo y caliente fuera despertando su cuerpo interno. Luego fumó su primer cigarrillo, inhalando profundamente. El aire de mar había hecho maravillas por su salud; la áspera tos de fumador que tenía al huir de su mujer varios meses atrás había desaparecido por completo.
Habiendo sido siempre un hombre fuerte y muy cuidadoso de su cuerpo, Standish supo que estaba en la cima de su estado físico. Tenía treinta y cinco años y nunca en su vida se había sentido mejor.
Eran casi las cinco y el sol estaba por salir. En puntas de pie, Standish fue hasta la cubierta y se sentó unos minutos sobre la lona húmeda que cubría la escotilla. Después, agitándose sin razón aparente, como recordó vívidamente más tarde, atravesó la puerta antiincendios y avanzó por el pasillo de entrecubierta, al que daban la cocina, el comedor para la tripulación, el alojamiento de los camareros y otras habitaciones del estilo. El cocinero, un negro estadounidense, encendía, somnoliento, el fuego en la cocina.
Standish le dijo buenos días, aunque no quería hacerlo; las voces humanas, incluida la suya, volvían menos cautivadora la circunstancia. El cocinero sonrió y le respondió el saludo, agregando algún cliché sobre lo temprano que se había levantado el señor Standish. “Ah, sí”, dijo Standish, y siguió caminando unos veinte metros más. Era ese su lugar favorito en todo el Arabella para estar bien temprano. Su lugar favorito para el atardecer era en la cubierta de botes, detrás de un bote salvavidas, donde podía sentarse a solas y mirar cómo bajaba el sol en el espléndido cielo. Pero la ubicación que eligió esa mañana era particularmente original. Era una abertura en el casco del Arabella; el pasillo hacía una leve curva antes de continuar hacia estribor, y luego había dos sólidas puertas antiincendio con más pasadores que una bóveda para cajas fuertes. Dado que el Arabella navegaba por un mar tan calmo, con reportes meteorológicos favorables, aquellas puertas se mantenían abiertas día y noche. Era allí donde más cerca se estaba del mar. Era posible agarrarse de uno de los muchos soportes e inclinarse bien hacia delante para mirar el agua. Allí estaba el océano Pacífico, menos de cinco metros hacia abajo; el mar en la línea de flotación del Arabella, espumando y burbujeando en distintos colores según el momento del día. Mareaba un poco si se lo miraba mucho tiempo, que fue exactamente lo que Standish hizo. No fue esa, sin embargo, la razón de su desgracia. Normal en todos los sentidos, Standish no era propenso a los desmayos.
Estuvo allí parado largo rato, tal vez unos quince minutos, escuchando el melancólico burbujeo del agua y el zumbido de las máquinas del barco, respirando tranquilo el aire suave y tratando de seguir, con mirada alerta, la imperceptible fusión de la noche con el día. Sin embargo, como sucede con tantas otras cosas, era aquel un placer del que un adulto se cansaba si se entregaba a él por demasiado tiempo. La emoción de estar tan peligrosamente cerca del océano se fue difuminando, haciéndolo sentir un poco tonto. La razón por la que se sintió tan tonto, comprendió muchas horas después, fue que estaba excitado como un niño, y eso es algo que los hombres adultos rechazan de solo pensarlo.
Standish decidió abandonar el lugar, aunque de pronto se dio cuenta de que no podría volver a pararse allí muchas veces más. La semana siguiente, Balboa; luego otro barco en el que probablemente hubiera que arreglarse para ir a cenar: camino a Nueva York y a los niños y a Olivia. Le habría gustado sentarse un rato en la cubierta y dejar los pies colgando por sobre el borde del Arabella, pero había varias manchas de grasa alrededor. Desde allí, todas las noches, los mozos arrojaban los residuos por la borda. Aparentemente, la noche anterior no habían sido muy cuidadosos; había cáscaras de papa y otros restos de basura en la cubierta, con un poco de olor, si bien no tanto como para arruinarle el placer a Standish. Unos minutos más tarde, supuso Standish, los marineros fregarían la cubierta.
Aferrándose a un soporte seguro, Standish contempló por una última y larga vez el sol naciente y el plácido océano. Imaginó que nunca olvidaría la intensidad de ese momento. El mundo se llenó de dignidad. Dignidad era lo que se necesitaba para vivir tranquilo y en paz.
Por último, Standish se puso a pensar, sin razón aparente, en la asombrosa diferencia entre la aurora y el ocaso.
Decidió tomar otra taza de café. Dio un paso atrás con el pie izquierdo y sacó la mano del soporte. Al moverse hacia atrás, la suela de su zapato izquierdo se topó con una mancha de grasa. Standish hizo un intento desesperado por volver a agarrar el soporte y aferrarse al piso con el pie derecho. Pero le erró al soporte, y apoyó el pie derecho en otra mancha de grasa, o tal vez en la misma; Standish nunca lo supo. La mancha de grasa era engañosa.
De superficie áspera y gomosa, a simple vista no podía sospecharse su peligrosidad. Pero con una presión repentina, como la que había aplicado Standish, se volvía resbaladiza como el hielo.
El caballero que cayó al mar, de H.C. Lewis
Capítulo I
La Bestia Equilátera
En esa parte del Pacífico, el amanecer se realizaba sin fanfarria: el sol simplemente colocaba su bóveda naranja en el borde lejano del gran círculo y se impulsaba hacia arriba, lento pero persistente, dándoles a las débiles estrellas tiempo de sobra para difuminarse con la noche. De hecho, Standish estaba pensando en la enorme diferencia entre la salida y la puesta del sol cuando dio el desafortunado paso que lo mandó al agua salada. Pensaba que la naturaleza prodigaba toda su generosidad a los magníficos atardeceres, pintando las nubes con haces de colores tan brillantes que nadie con un mínimo sentido de belleza sería capaz de olvidar. Y pensaba que por algún motivo incomprensible la naturaleza era extraordinariamente tacaña con sus amaneceres sobre aquel mismo océano.
El buque de vapor Arabella avanzaba, puntual, desde Honolulu hacia la zona del Canal; en ocho días con sus noches llegaría a Balboa. Pocos barcos hacían el trayecto entre Hawai y Panamá; ese único barco de pasajeros y algún que otro carguero de servicio irregular. Las naves extranjeras rara vez tenían motivo para pasar por allí, ya que Estados Unidos controlaba la mayor parte del comercio con las islas y casi todo el tráfico se dirigía a San Pedro, San Francisco y Seattle. En los trece días con sus noches que el Arabella había pasado en alta mar se había avistado un solo barco, en dirección opuesta, hacia Hawai. Standish no lo había visto. Estaba en su camarote leyendo una revista; pero el jefe de cubierta, el señor Prisk, se lo contó más tarde. Era un carguero con algún tipo de nombre escandinavo que olvidó de inmediato.
Hasta el momento el viaje había sido tan afablemente plácido que Standish no se cansaba de agradecerle a su estrella de la suerte por haber decidido viajar en el Arabella.
En una vida abrumada por cuidados y deberes, como correspondía a alguien de su posición, aquel viaje siempre se destacaría como algo simple y bueno. Si nunca volviera a experimentar tranquilidad no se preocuparía, porque ahora sabía que existía tal cosa. Su estrella era la Estrella Polar, baja en el cielo en aquella latitud, y la había elegido de entre todas las demás porque no sabía mucho de estrellas y esa era la más fácil de localizar y recordar.
En realidad, el Arabella era un carguero con unas pocas plazas para pasajeros. Había ocho pasajeros a bordo además de Standish. Estaba la productiva señora Benson, que le había obsequiado a su marido cuatro niños en pocomás de cuatro años y medio. El propio señor Benson no estaba presente, pero sí lo estaban cuatro de sus imágenes, tres niñas y un niño cuyas edades iban de casi cero a tres años y ocho meses. Y el señor Benson era casi como si estuviera, con todo lo que la señora Benson le contaba sobre él. El señor Benson trabajaba para un banco como auditor itinerante; por algún motivo habían quedado separados y ahora la señora Benson iba a reunirse con él en Panamá.
De los tres pasajeros restantes dos eran misioneros, unos tales señor y señora Brown, que parecían levantar una barrera cada vez que Standish se les acercaba, como sugiriendo que sabían tanto más sobre Dios que no tenía sentido tratar de hacerse amigos. El último de sus compañeros era un granjero norteño de setenta y tres años llamado Nat Adams, que no tenía una explicación sensata para estar donde estaba. Después de toda una vida de honesta labor, dos cosas trascendentales le habían sucedido al mismo tiempo: una buena cosecha de papas y un fuerte ataque de ansias de viajar. Había dejado el arado y comprado los pasajes al azar; ahora, a bordo del Arabella, era el amigo leal de Standish, incansable al exponer las virtudes de sus dientes postizos, que se sacaba de la boca y exhibía con orgullo ante la menor provocación.
Los propietarios del Arabella no ganaban dinero con el viaje; se comentaba que el servicio entre Panamá y Hawai sería interrumpido el año entrante. La carga era escasa en aquella travesía, y el buque viajaba parcialmente en lastre. El señor Prisk estaba francamente preocupado, porque él envejecía y sus dos hijos, allá en Baltimore, crecían. Hacía tres años que no veía a sus hijos ni a su esposa, pero la empresa le enviaba a la señora Prisk, automáticamente, el ochenta por ciento de su sueldo como primer oficial de cubierta, y a él solo le quedaba lo justo como para tabaco e impermeables. El capitán Bell no les prestaba atención a sus pasajeros. Cenaba con ellos la primera noche en alta mar. Luego se retiraba a su camarote y pasaba en reclusión los días subsiguientes. El señor Prisk decía que el patrón era fanático de los barcos a escala y durante los últimos tres viajes había estado reproduciendo una goleta de cuatro mástiles en miniatura. El segundo y el tercer oficial de cubierta, así como los ingenieros y radiotelegrafistas, eran todos tipos sociables que llevaban adelante, a toda máquina, una clase particular de torneo de bridge; el que dejaba la guardia retomaba la mano del que debía suplantarlo. Eran amables con los pasajeros y el señor Travis, jefe de máquinas le mostraba a quien lo solicitara las profundidades de la sala de máquinas; pero el bridge siempre estaba primero. El señor Prisk, que había llegado a jefe de cubierta por medio del antiguo expediente de comenzar como marinero común para luego ir subiendo de rango, no sabía jugar al bridge, salvo por el innombrable “bridge de subasta”. Se veía así obligado, a fuerza de soledad, a mezclarse con los pasajeros de vez en cuando. Standish la pasó bien desde el primer momento. Sin resultar demasiado misterioso, se las arregló para restringir al mínimo las averiguaciones sobre su propia vida, entrometiéndose con ingenio en la vida de los demás. No era nada difícil; todos (excepto los misioneros) estaban más que dispuestos a desahogarse. Standish observó que tenía un urgente afán por descubrir tanto como pudiera sobre aquella gente; por primera vez en su vida estaba de verdad interesado en seres humanos desconocidos. Pasaba horas contemplando la cara marchita de Nat Adams, o examinando los ojos azules y satisfechos de la señora Benson. Y los niños Benson eran una ilimitada fuente de deleite. Standish reconocía que le proporcionaban más placer los pequeños Jimmy y Gladys Benson que el que jamás le habían proporcionado sus propios hijos allá en Nueva York, aunque bien sabía Dios que los amaba tanto como cualquier padre. Con Jimmy y Gladys no jugaba; solo los observaba desde su cómoda reposera mientras ellos hacían todo tipo de locuras. Sus cómicas risas, sus cuerpos saludables y esa piel tan bellamente bronceada lo llenaban de una agradable forma de melancolía. El viaje en su totalidad era realmente espléndido. Después del primer día de navegación, en que el mar estuvo un poquito agitado, el agua se puso tan increíblemente tersa que era como navegar por un océano de cristal. El clima era perfecto; era esa la única palabra que Standish podía pensar para describirlo. De hecho, los superlativos más comunes le bastaban a Standish para describir mentalmente el viaje. Había cosas que no podían ponerse en palabras, como los colores del atardecer, el suave oleaje del mar y la galaxia de estrellas en los cielos por la noche.
En cuanto al resto: el camarote que le habían asignado, la comida, el aire, la litera no muy blanda con sus sábanas limpias y sus mantas fragantes, todo le parecía maravilloso, magnífico y fantástico. Comía mucho y hacía ejercicio en la piscina de lona que habían instalado en la cubierta, y por las noches simplemente se sentaba a fumar sus cigarrillos y escuchar a Nat Adams, que intentaba explicar cómo las ansias de ver mundo habían asaltado de un momento a otro a un frugal granjero de Nueva Inglaterra.
Todas las noches se acostaba muy temprano, y eso explica por qué estaba donde estaba cuando cayó al océano. Habiéndolo despertado, a las cuatro de la madrugada, el tintineo de ocho campanillas en el lejano puente delantero, Standish permaneció veinte minutos entre las sábanas limpias, sintiéndose voluptuosamente despierto. Se había acostado a las nueve en punto de la noche y, dado que eran las cuatro y veinte, supo que no podría volver a dormirse. La portilla sobre su litera estaba abierta de par en par. Se incorporó y apoyó el mentón sobre el bronce frío. Era una sensación extraña; deliciosos escalofríos le corrieron por la columna vertebral. Por último asomó la cabeza y dejó que el aire marino le pegara en la cara. Un poco más abajo el barco, abriéndose paso en el mar, hacía un sonido constante y quejoso. Las estrellas, rodeándolo, lo llenaron de admiración. Todo era tan magnífico que Standish se sintió como un niño.
Volvió a meter la cabeza y decidió levantarse y vestirse. Se había afeitado por la noche, y el baño podía esperar hasta después del desayuno, antes de ir a nadar. Simplemente se vestiría y saldría a dar una vuelta y vería la salida del sol. Incluso en aquel barco informal Standish se vestía con decoro. Por alguna razón, no se veía usando pantalones flojos o estrafalarias prendas deportivas. Durante todo el viaje se había puesto trajes clásicos. Tenía cinco en total, y después de encender la luz eléctrica sacó uno gris del amplio baúl ropero que estaba abierto, de pie, en un rincón. Pero primero se sacó el pijama y, con la piel desnuda, se lavó los dientes, las manos y la cara en el lavabo de su habitación. A continuación se peinó el cabello oscuro, opaco, lacio y obediente. Una vez vestido, extrajo con cuidado el dinero, las llaves y la billetera con sus papeles del traje marrón que había usado el día anterior y los introdujo en los correspondientes bolsillos del gris. Ya en el pasillo, tuvo esa sensación que tenía con frecuencia a bordo del Arabella: la de ser un niño travieso a punto de hacer alguna diablura. La situación era tan serena que el zumbido de la sala de máquinas le volvió a dar escalofríos. Caminó en puntas de pie, como si las pisadas de sus zapatos sobre las placas de acero pudieran ser un sacrilegio. El mundo entero permanecía tan silencioso que Standish se desconcertó. El barco solitario abriéndose camino a través del ancho mar, la miríada de estrellas desvaneciéndose en el amplio firmamento… eran cosas elementales que lo calmaban y al mismo tiempo lo inquietaban. Como si por primera vez se diera cuenta de que todos los molestos problemas de su vida eran irrelevantes e intrascendentes; y aun así se avergonzaba de haberlos tenido en el mismo mundo que ahora creaba una situación como esa.
Standish llegó hasta el comedor desierto y se sirvió una taza de café negro; la cafetera quedaba encendida durante toda la noche. Lo tomó sin azúcar, dejando que el líquido amargo y caliente fuera despertando su cuerpo interno. Luego fumó su primer cigarrillo, inhalando profundamente. El aire de mar había hecho maravillas por su salud; la áspera tos de fumador que tenía al huir de su mujer varios meses atrás había desaparecido por completo.
Habiendo sido siempre un hombre fuerte y muy cuidadoso de su cuerpo, Standish supo que estaba en la cima de su estado físico. Tenía treinta y cinco años y nunca en su vida se había sentido mejor.
Eran casi las cinco y el sol estaba por salir. En puntas de pie, Standish fue hasta la cubierta y se sentó unos minutos sobre la lona húmeda que cubría la escotilla. Después, agitándose sin razón aparente, como recordó vívidamente más tarde, atravesó la puerta antiincendios y avanzó por el pasillo de entrecubierta, al que daban la cocina, el comedor para la tripulación, el alojamiento de los camareros y otras habitaciones del estilo. El cocinero, un negro estadounidense, encendía, somnoliento, el fuego en la cocina.
Standish le dijo buenos días, aunque no quería hacerlo; las voces humanas, incluida la suya, volvían menos cautivadora la circunstancia. El cocinero sonrió y le respondió el saludo, agregando algún cliché sobre lo temprano que se había levantado el señor Standish. “Ah, sí”, dijo Standish, y siguió caminando unos veinte metros más. Era ese su lugar favorito en todo el Arabella para estar bien temprano. Su lugar favorito para el atardecer era en la cubierta de botes, detrás de un bote salvavidas, donde podía sentarse a solas y mirar cómo bajaba el sol en el espléndido cielo. Pero la ubicación que eligió esa mañana era particularmente original. Era una abertura en el casco del Arabella; el pasillo hacía una leve curva antes de continuar hacia estribor, y luego había dos sólidas puertas antiincendio con más pasadores que una bóveda para cajas fuertes. Dado que el Arabella navegaba por un mar tan calmo, con reportes meteorológicos favorables, aquellas puertas se mantenían abiertas día y noche. Era allí donde más cerca se estaba del mar. Era posible agarrarse de uno de los muchos soportes e inclinarse bien hacia delante para mirar el agua. Allí estaba el océano Pacífico, menos de cinco metros hacia abajo; el mar en la línea de flotación del Arabella, espumando y burbujeando en distintos colores según el momento del día. Mareaba un poco si se lo miraba mucho tiempo, que fue exactamente lo que Standish hizo. No fue esa, sin embargo, la razón de su desgracia. Normal en todos los sentidos, Standish no era propenso a los desmayos.
Estuvo allí parado largo rato, tal vez unos quince minutos, escuchando el melancólico burbujeo del agua y el zumbido de las máquinas del barco, respirando tranquilo el aire suave y tratando de seguir, con mirada alerta, la imperceptible fusión de la noche con el día. Sin embargo, como sucede con tantas otras cosas, era aquel un placer del que un adulto se cansaba si se entregaba a él por demasiado tiempo. La emoción de estar tan peligrosamente cerca del océano se fue difuminando, haciéndolo sentir un poco tonto. La razón por la que se sintió tan tonto, comprendió muchas horas después, fue que estaba excitado como un niño, y eso es algo que los hombres adultos rechazan de solo pensarlo.
Standish decidió abandonar el lugar, aunque de pronto se dio cuenta de que no podría volver a pararse allí muchas veces más. La semana siguiente, Balboa; luego otro barco en el que probablemente hubiera que arreglarse para ir a cenar: camino a Nueva York y a los niños y a Olivia. Le habría gustado sentarse un rato en la cubierta y dejar los pies colgando por sobre el borde del Arabella, pero había varias manchas de grasa alrededor. Desde allí, todas las noches, los mozos arrojaban los residuos por la borda. Aparentemente, la noche anterior no habían sido muy cuidadosos; había cáscaras de papa y otros restos de basura en la cubierta, con un poco de olor, si bien no tanto como para arruinarle el placer a Standish. Unos minutos más tarde, supuso Standish, los marineros fregarían la cubierta.
Aferrándose a un soporte seguro, Standish contempló por una última y larga vez el sol naciente y el plácido océano. Imaginó que nunca olvidaría la intensidad de ese momento. El mundo se llenó de dignidad. Dignidad era lo que se necesitaba para vivir tranquilo y en paz.
Por último, Standish se puso a pensar, sin razón aparente, en la asombrosa diferencia entre la aurora y el ocaso.
Decidió tomar otra taza de café. Dio un paso atrás con el pie izquierdo y sacó la mano del soporte. Al moverse hacia atrás, la suela de su zapato izquierdo se topó con una mancha de grasa. Standish hizo un intento desesperado por volver a agarrar el soporte y aferrarse al piso con el pie derecho. Pero le erró al soporte, y apoyó el pie derecho en otra mancha de grasa, o tal vez en la misma; Standish nunca lo supo. La mancha de grasa era engañosa.
De superficie áspera y gomosa, a simple vista no podía sospecharse su peligrosidad. Pero con una presión repentina, como la que había aplicado Standish, se volvía resbaladiza como el hielo.
El caballero que cayó al mar, de H.C. Lewis
Capítulo I
La Bestia Equilátera
miércoles, 15 de mayo de 2013
martes, 14 de mayo de 2013
El diariero de la gente
A contramano de lo que algunos puesteros de Corrientes (esquina Paraná, particularmente) que escamotean los diarios y revistas, el de Entre Ríos y Humberto I es generoso como pocos y pone a disposición del transeúnte las portadas de todos los diarios.
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domingo, 12 de mayo de 2013
Un ciclo sobre "Cinéfilos" en el Cineclub La Rosa
Espectadores, cineclubistas y realizadores mostrarán su pasión por el cine en el próximo ciclo del Cineclub La Rosa, dedicado al mundo de la cinefilia y esa pasión que a todos nos convoca en una sala a oscuras frente a una pantalla. Además, en cada fecha se proyectará un cortometraje en Súper 8. Todo transcurrirá en Austria 2154, con entrada libre y colaboración voluntaria, contando en cada función con la presencia de realizadores y visitas especiales.
Existen muchas formas de demostrar el amor por el cine. Cualquier asistente a un cineclub lo sabe, pero también aquel que intenta coleccionar las películas que ama, el que se apropia de ellas para ser parte de las mismas y vivir ese mundo de fantasías, y también el que realiza los films que luego veremos en las salas.
De eso se trata nuestro próximo ciclo, que empezará con una película sobre espectadores que deciden crear ellos mismos su propia historia. Continuará con la vida y pasión de uno de los coleccionistas y cineclubistas más importantes de nuestro país. Y terminará con casi treinta directores nacionales contando cómo es hacer cine en la Argentina.
En el ámbito de un cineclub, nada mejor que compartir juntos todas estas historias, con la compañía de quienes las hicieron posibles y pueden contarnos un poco más sobre cómo es esto de sentir tanta pasión por el cine.
Emiliano Penelas
Programador
Miércoles 15 de mayo - 20 horas
UNA PELÍCULA DE GENTE QUE MIRA PELÍCULAS
(Idem, Argentina, 2012, color, 70 minutos)
Dirección: Fernando Arditi y Javier Pistani.
Un grupo de cinéfilos empedernidos, socios de un videoclub de Buenos Aires, decide filmar una película para dejar de ser espectadores y convertirse en obra. Con humor y momentos donde muchos podrán sentirse identificados, se va construyendo una historia a mitad de camino entre el documental y la ficción. Contaremos con la presencia de los directores para dialogar con el público.
Miércoles 29 de mayo - 20 horas
ALFREDO LI GOTTI. UNA PASIÓN CINÉFILA
(Idem, Argentina, 2010, color / blanco y negro, 77 minutos)
Dirección: Roberto Ángel Gómez.
Coleccionista, cineclubista y cinéfilo apasionado, Alfredo es uno de los referentes de la cinefilia porteña, y desde su propia sala en Parque de los Patricios y a sus vitales 86 años aún comparte todo el fervor de antaño. Además, Li Gotti es el padrino del Cineclub La Rosa, por lo que contaremos con su presencia en la sala junto al realizador Roberto A. Gómez.
Miércoles 12 de junio - 20 horas
DIRIGIDO POR...
(Idem, Argentina, 2004, color, 98 minutos)
Dirección: Rodolfo Durán.
Casi treinta directores argentinos, de diferentes generaciones, tendencias y estilos, hablan sobre el oficio de dirigir; sus conflictos y dificultades dentro de la producción local. Una mirada certera que no pierde la frescura y originalidad sobre el hacer cine y la pasión que conlleva. Contaremos con la presencia del director de la película.
Más información: www.cineclublarosa.blogspot.com
Existen muchas formas de demostrar el amor por el cine. Cualquier asistente a un cineclub lo sabe, pero también aquel que intenta coleccionar las películas que ama, el que se apropia de ellas para ser parte de las mismas y vivir ese mundo de fantasías, y también el que realiza los films que luego veremos en las salas.
De eso se trata nuestro próximo ciclo, que empezará con una película sobre espectadores que deciden crear ellos mismos su propia historia. Continuará con la vida y pasión de uno de los coleccionistas y cineclubistas más importantes de nuestro país. Y terminará con casi treinta directores nacionales contando cómo es hacer cine en la Argentina.
En el ámbito de un cineclub, nada mejor que compartir juntos todas estas historias, con la compañía de quienes las hicieron posibles y pueden contarnos un poco más sobre cómo es esto de sentir tanta pasión por el cine.
Emiliano Penelas
Programador
Miércoles 15 de mayo - 20 horas
UNA PELÍCULA DE GENTE QUE MIRA PELÍCULAS
(Idem, Argentina, 2012, color, 70 minutos)
Dirección: Fernando Arditi y Javier Pistani.
Un grupo de cinéfilos empedernidos, socios de un videoclub de Buenos Aires, decide filmar una película para dejar de ser espectadores y convertirse en obra. Con humor y momentos donde muchos podrán sentirse identificados, se va construyendo una historia a mitad de camino entre el documental y la ficción. Contaremos con la presencia de los directores para dialogar con el público.
Miércoles 29 de mayo - 20 horas
ALFREDO LI GOTTI. UNA PASIÓN CINÉFILA
(Idem, Argentina, 2010, color / blanco y negro, 77 minutos)
Dirección: Roberto Ángel Gómez.
Coleccionista, cineclubista y cinéfilo apasionado, Alfredo es uno de los referentes de la cinefilia porteña, y desde su propia sala en Parque de los Patricios y a sus vitales 86 años aún comparte todo el fervor de antaño. Además, Li Gotti es el padrino del Cineclub La Rosa, por lo que contaremos con su presencia en la sala junto al realizador Roberto A. Gómez.
Miércoles 12 de junio - 20 horas
DIRIGIDO POR...
(Idem, Argentina, 2004, color, 98 minutos)
Dirección: Rodolfo Durán.
Casi treinta directores argentinos, de diferentes generaciones, tendencias y estilos, hablan sobre el oficio de dirigir; sus conflictos y dificultades dentro de la producción local. Una mirada certera que no pierde la frescura y originalidad sobre el hacer cine y la pasión que conlleva. Contaremos con la presencia del director de la película.
Más información: www.cineclublarosa.blogspot.com
sábado, 11 de mayo de 2013
jueves, 9 de mayo de 2013
DMK: Depeche Mode familiar y a la colombiana
Un padre y sus hijos, colombianos todos, hacen temas de Depeche Mode y son un éxito en YouTube, con millones de visitas.
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sábado, 4 de mayo de 2013
martes, 30 de abril de 2013
Imagénes aéreas de Buenos Aires de la década del 20
Entre 1924 y 1929, Juan Bautista Borra y Enrique Broszeit hicieron una de las primeras series de fotografías que se tienen de la ciudad desde el aire. Testimonio de una urbe en ciernes.
Compuesto por aproximadamente 70 imágenes, el archivo de fotos aéreas de la Ciudad de Buenos Aires que Juan Bautista Borra y Enrique Brezseit realizaron entre 1924 y 1929 se mantuvo en relativo anonimato en posesión de Juan Carlos Borra, el hijo del primero, hasta mediados de la década pasada. Al observar imágenes de la Plaza de Mayo, de la vieja Penitenciaria sobre el Parque Las Heras y del Lago de Palermo pueden verse distintas aristas de una ciudad en pleno progreso urbano: esbozos de zonas que explotarían en las próximas décadas, edificaciones emblemáticas que ya no existen y un perfil edilicio que hoy es considerado mayormente patrimonial. Un documento de Buenos Aires en plena expansión.
No fue hasta 2006 que, gracias a la gestión del fotohistoriador Abel Alexander, el archivo tomó relevancia y fue exhibido en el Museo de la Ciudad (CABA) y la Municipalidad de Vicente López, entre otros lugares. Según Borra, el trabajo que realizaron su padre y Breszeit fue puramente vocacional y muchas veces pagaron el combustible de su propio bolsillo, ya que solo contaban con la buena voluntad de los pilotos para llevar adelante su labor.
El camino de ambos se separa a comienzos de la década del 30 y Borra se establece en Marcos Paz donde trabaja como fotógrafo y pone un local de fotografía. Falleció en 1964. Breszeit, por otro lado, trabajó como fotógrafo para La Nación y luego habría emigrado a Europa, luego de lo cual se pierde su rastro.
Juan Décima
Diario Clarín
Compuesto por aproximadamente 70 imágenes, el archivo de fotos aéreas de la Ciudad de Buenos Aires que Juan Bautista Borra y Enrique Brezseit realizaron entre 1924 y 1929 se mantuvo en relativo anonimato en posesión de Juan Carlos Borra, el hijo del primero, hasta mediados de la década pasada. Al observar imágenes de la Plaza de Mayo, de la vieja Penitenciaria sobre el Parque Las Heras y del Lago de Palermo pueden verse distintas aristas de una ciudad en pleno progreso urbano: esbozos de zonas que explotarían en las próximas décadas, edificaciones emblemáticas que ya no existen y un perfil edilicio que hoy es considerado mayormente patrimonial. Un documento de Buenos Aires en plena expansión.
No fue hasta 2006 que, gracias a la gestión del fotohistoriador Abel Alexander, el archivo tomó relevancia y fue exhibido en el Museo de la Ciudad (CABA) y la Municipalidad de Vicente López, entre otros lugares. Según Borra, el trabajo que realizaron su padre y Breszeit fue puramente vocacional y muchas veces pagaron el combustible de su propio bolsillo, ya que solo contaban con la buena voluntad de los pilotos para llevar adelante su labor.
El camino de ambos se separa a comienzos de la década del 30 y Borra se establece en Marcos Paz donde trabaja como fotógrafo y pone un local de fotografía. Falleció en 1964. Breszeit, por otro lado, trabajó como fotógrafo para La Nación y luego habría emigrado a Europa, luego de lo cual se pierde su rastro.
Juan Décima
Diario Clarín
lunes, 29 de abril de 2013
sábado, 27 de abril de 2013
viernes, 26 de abril de 2013
jueves, 25 de abril de 2013
miércoles, 24 de abril de 2013
Yo te confundo
Ante la confusión reinante respecto de la cotización de divisas extranjeras en la Argentina, el supermercado Coto hace un aporte más al aclarar que aceptará dólares o euros pero sólo para la compra de "alimentos" y "no alimentos".
martes, 23 de abril de 2013
lunes, 22 de abril de 2013
Jornada de cinefilia en la UP
La Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, a trravés de su Observatorio temático, organiza la jornada "Cinefilia, pasión por el cine", que incluye una mesa redonda sobre cineclubismo. La actividad se desarrollará el martes 23 de abril en el Aula Magna de la Facultad, Mario Bravo 1050, con entrada libre y gratuita, desde las 9.45 horas.
A las 10 está prevista la mesa de debate "Cineclubismo, la resistencia. Estado y perspectiva del movimiento cineclubista en Argentina". Moderada por Diego Trerotola, crítico de cine, participarán Hayrabet Alacahan (Fundación Cineteca Vida), Claudio Suaya (Club de Cine Lo de Catita) y Emiliano Penelas (Cineclub La Rosa / Cineclub YMCA).
La jornada continuará a las 11:45 con la ponencia "Patrimonio fílmico, ¿por qué cuidar las imágenes? Restauración y preservación del capital cinematográfico nacional como algo más que una práctica cinéfila", a cargo de Paula Félix-Didier, Directora del Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken.
Finalizará a las 12 con la proyección de Una película de gente que mira películas, de Fernando Arditi y Javier Pistani, directores del film.
Toda la actividad es libre y gratuita. Requiere inscripción previa llamando al 5199 4500 internos 1502, 1530, 1570. consultasdc@palermo.edu / www.palermo.edu/dyc
A las 10 está prevista la mesa de debate "Cineclubismo, la resistencia. Estado y perspectiva del movimiento cineclubista en Argentina". Moderada por Diego Trerotola, crítico de cine, participarán Hayrabet Alacahan (Fundación Cineteca Vida), Claudio Suaya (Club de Cine Lo de Catita) y Emiliano Penelas (Cineclub La Rosa / Cineclub YMCA).
La jornada continuará a las 11:45 con la ponencia "Patrimonio fílmico, ¿por qué cuidar las imágenes? Restauración y preservación del capital cinematográfico nacional como algo más que una práctica cinéfila", a cargo de Paula Félix-Didier, Directora del Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken.
Finalizará a las 12 con la proyección de Una película de gente que mira películas, de Fernando Arditi y Javier Pistani, directores del film.
Toda la actividad es libre y gratuita. Requiere inscripción previa llamando al 5199 4500 internos 1502, 1530, 1570. consultasdc@palermo.edu / www.palermo.edu/dyc
domingo, 21 de abril de 2013
La Trasnochada en Buenos Aires
La murga ganadora del Carnaval uruguayo 2012 pasó por el teatro SHA y dio un show formidable en el que incluyó la presentación completa de 2013, "Sexo, murga y rock and roll", y otros éxitos del género propios y ajenos.
viernes, 19 de abril de 2013
En Quemú Quemú mi casa es de madera
Otro gran recital de Francisco Bochatón en Ultra Bar, incluyendo la genial anécdota de la canción de Peligrosos Gorriones "Siempre acampa", cuando alguien le recriminó por mail que en la localidad pampeana "no hay casas de madera".
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